


El dogmatismo, todo dogmatismo, genera violencia, sea del pelaje que sea. Significativas son las palabras de Gandhi: “La violencia es miedo de las ideas de los demás y poca fe en las propias”. La trayectoria de la historia de la humanidad es una buena prueba de ello. Según Corominas la palabra “dogma” proviene del griego “dogma-atos”, de donde pasó al latín. Es aquí donde tiene los significados de “parecer”, “decisión”, “decreto”. Está tomada del verbo “dokêi”, significando “parece”, “es opinión de”. Por la palabra dogma se ha entendido “principio”, “precepto” o “máxima filosófica”.
Aquí es donde surge, a mi entender, el problema del dogmatismo. Centrándonos en los dogmas del cristianismo, estos no pueden partir sino de la Palabra revelada, que no es otra para los cristianos que la de Jesús de Nazaret. Esta revelación culmina, de manera definitiva, con su persona, de ahí que el Magisterio de la Iglesia (desde la primitiva hasta el día de hoy) haya de ajustarse y coserse en todo a la Revelación de Jesús, porque el núcleo fontal de la Iglesia no puede ser otro que el “cristocentrismo”. Lo que no es de Cristo está contra él.
Pero ha venido a resultar y resulta que, en no pocas ocasiones, se ha perdido el norte del cristocentrismo y se ha generado un dogmatismo que ha manipulado la verdad de Jesús de Nazaret, trasladando a esencial lo que es meramente accidental, o primario a lo que es secundario, o incluso erróneo. Del análisis lexicográfico anterior se deduce con evidencia que se puede dar por dogmatismo un “parecer” de alguien constituido en autoridad, constituyendo su “opinión” en verdad emanada de la Revelación de Jesús, pretendiendo imponer que sus aseveraciones sean tenidas por verdades inconcusas. Me remito a los testimonios de la Historia.
La Revelación de Jesús, sintetizando tal como lo hizo él mismo, tiene dos pilares, dos rocas inamovibles: Dios es Padre de amor, de ternura, de misericordia, que a todos acoge, abraza y perdona. Toda la humanidad (hombres y mujeres) somos iguales, por hijos amados de un mismo Padre y, en su consecuencia, hermanos. Toda otra aseveración, venga de donde venga, que no esté en consonancia con estas dos rocas, con la formulación léxica y con el espíritu de las mismas, resulta de evidencia que se apartan de la revelación de Jesús de Nazaret; y es que sólo hay un verdadero maestro, por más que algunos quieran empeñarse en asumir esta función.
