

Dioses desconocidos van caminando cerca,
cercanía de fondos marinos, de lagunas,
de verdes arrozales, soles contaminados
en jardines de blancas y tiernas mil ternuras.
Dioses niños que van jugando,
cuando la tarde mira sus ojos en espejos,
-espejos de luz, luz de inocencias deshiladas-,
a juegos que son soplos, a juegos que son labios.
Desconocidos dioses altos, de mirar virgen,
que, cuando la noche se viste de anciana negra,
dejan el monótono dolor de triste vida
en un batir de alas de ráfagas asesinas.
Desconocidos dioses de vital poesía,
que, a pesar de la armonía de sagrada música,
os convertís en monótona risa del viento,
cuando en la noche desnudos quedan esos cuerpos.
Desconocidos dioses del pueblo de agua clara,
de recuerdos eternos, siempre suspendidos,
anclados en deseos, inertes y mudos,
que sólo una vez reviven su existencia.
Desconocidos dioses de esos amores secos,
los adoradores de la prematura muerte,
dejando que los recuerdos vuelvan tras sus huellas,
como única realidad que nunca vieron.
Desconocidos dioses de mármol corroído,
polvorientas penumbras de deseos tenidos,
que recordáis los fríos iris de miradas
enamoradas en abismo de azar y tiempo.
Desconocidos dioses, sueños de amanecidas,
proyectos de dulces aspiraciones oscuras,
amor enamorado desde el centro del alma
de los presagios inestablemente estables.
Desconocidos dioses de esperanzas de escarcha,
caldeadas a las puertas de un sentir de ausencias,
oscuridad de día, desazón en la noche,
desconsolada sombra en su hielo descubierta.
Desconocidos dioses de hermosuras ocultas,
de esperadas bodas eternas, de labios rotos,
de manos sin dedos, de corazones sin ritmo,
decidme con fuego: ¿Dónde está vuestra morada?
Ojos nuevos
Pasos de pluma
Corazón al galope
Dedos de mañana
Reloj sin tiempo
¡Amor que empieza!
Víspera de la Señora de Agosto.
Te veo, Río-Mar, en la distancia;
hoy te cubre un manto gris de bruma
que me oculta tu sonrisa de plata.
Va cayendo lentamente la tarde
mientras el sol cerrando va sus alas,
quedando en tu regazo sus latidos,
embeleso armónico de gracia.
Pronto, sin embargo, se rompe el aire
y llora la armonía despeñada,
asaltan tus orillas sin recodos;
y pinchan por doquier las carcajadas
que van resonando por tu paz loca
rompiendo el ritmo de la madrugada.
Perdió su encanto la noche oscura,
la bestia salvaje soltó su escala.
Todo se quema en destrucción absurda
y se busca la borrachera helada
que rompe el nervio de la luz más pura,
¡Ay naturaleza pisoteada!
Tus olas quedan vacías sin norte,
lloran tus espumas en la alborada,
y mientras reinan las sordas penumbras
con la fuente del llanto en sus ramas.
¡Duerme, mi Río-Mar, cierra tus ojos!
Ya está aquí la orilla de tu mañana.
Las barcas acarician tus encajes
liberadas de la noche pasada…
¡Duerme, mi remanso de paz dolido,
duerme que ya está aquí el alba!