

En sus tiempos, la religiosidad del momento indujo a algunos fieles de economía y bienes poderosos a proceder a la fundación de Patronatos. Fueron tales Patronatos unas instituciones de índole eclesiástica en las que su fundador legaba una serie de bienes para que de su administración se derivasen unos beneficios a aplicar en la ejecución de obras pías o de carácter benéfico o educacional. Benita de la Cruz decidió la fundación de un Patronato del que se conserva amplia documentación en el Archivo Diocesano[1] sobre las visitas a él efectuadas desde 1603 a 1635, sobre los tributos que se pagaban al mismo y sobre sus cuentas desde 1684 a 1731.