

El toro, dueño y señor de la noche,
trotamarismas tras la blanca luna,
con ojos secos de la flor de amores
y dedos de la muerte en su cintura,
antes de ser destrozado en jirones,
fugaz y roja haciendo su hermosura
ante los festeros gritos del hombre,
mugió en mí sones que no olvido nunca:
“¡Qué pena que sea inhumana selva
lo que pudo ser bosque silencioso,
lugar de abrazos y de limpias risas!”.
Yo desde entonces clausuré mi puerta,
me emborraché de sueños melancólicos
y un mundo nuevo busqué en la poesía.