

Desde nuestras montañas de deseo,
con cucharas de Sol bebiendo lunas,
corrimos de miradas importunas,
al ver del corazón un tintineo.
Guadalquivir, de nuestro cosquilleo
celoso, te abrió puertas de fortunas,
de flores te fue haciendo dulces cunas
y a mí, fríos vientos de mausoleo:
El joven bello río enamorado,
de algas, te rodeó con diligencia
junto a su corazón apasionado;
y mi olfato te busca, en mi demencia,
en las gotas del Río perfumado,
que te llevó, dejándome tu Ausencia.