

Tan cerca la rubia y blanca montaña
con rostro de nadie y de siempre risa,
que ofreciendo va con tesón y prisa
erótica flor de pizpirigaña.
Retumbaban los ecos de tu espadaña
tras azules lagos de albos licores,
que me envuelven en sus ritmos traidores
y tumba abren donde mi alma se baña.
¡Ay, baños en caverna sin latidos,
fugaces ilusiones volanderas
con plumas de fantasmas y quimeras
hipnotizadoras de los sentidos;
dejad que mis pasos sean gemidos,
al saberme yo solo y encarcelado
en la fugacidad de lo creado,
que es el constante pan de los nacidos!