

Inmenso estabas
pletórico de rítmicos sonidos jadeantes,
dulce invasor de los vivires humanos.
Todo lo llenabas.
Tu sal relucía
a la caída del sol perezoso
y tintineaban sobre ti
las últimas estrellas relucientes
de trascendencia intuida.
Cual ese mar,
Tú, Señor, nos consolabas,
llamabas con dulzura
a nuestras puertas.
Abríamos y, aunque tan sólo
contemplábamos el calor
de tu sombra amorosa,
junto al dintel habías dejado
tu pan amasado y tu vino de luz.
Amaneció.
El mar se era ido,
ocultándose en sus entrañas.
Sólo quedó la orilla sola,
solitaria, ahuecada,
desmarada, pétrea,
de inquietud hiriente
y de algas enmohecidas.
Amaneció.
¿Tú también, Señor,
te vas a retirar a tus entrañas?
¿Apagarás el aceite
de nuestras alcuzas de barro?
¿Nos abandonarás
como ciego entre ciegos?
¿Quedaremos huérfanos
de tu gratuidad infinita?
Fue hora de aguantar el desamparo
desolado, el silencio hiriente,
el palpitar enfebrecido, el lóbrego silencio
empapado de palabras enmohecidas.
Ahogué mi ansiedad
por huir de la orilla
y ascender a los aleros del templo…
Permanecí en la orilla
con todos, con los descobijados por la ausencia…
Me bajé a la yerma orilla,
rastreé sudores agobiados,
acaricié carnes ateridas,
fui, desde mi frío, calor;
desde mi soledad, compañía;
desde mi ansiedad, sosiego;
desde mi angustia, paz;
desde mi torpeza, ingenio.
Fueron trenzándose
los cabos escindidos…
Lentamente, en la distancia,
donde el mar ya no es mar,
tan sólo puro infinito,
vimos la luz arrítmica
de un faro que, en la lontananza,
anunciaba una blanca
pleamar trascendente.